jueves, 17 de agosto de 2017

Un cuento de Robert Fox


El joven iba perfectamente afeitado y pulcramente vestido. Era un lunes muy de mañana, y se metió en el metro. Era el primer día de su primer empleo, estaba un poco nervioso. No sabía con exactitud en qué iba a consistir su trabajo. Aparte de esto, se encontraba perfectamente bien. Toda la gente le veía bien. Le caían bien los transeúntes, los que se metían en el metro, y le caía bien el mundo, porque el día era claro y bueno, y él iba a empezar su primer empleo.

El joven consiguió encontrar un asiento en el metro que iba a Manhattan sin tener que dar codazos ni patadas a nadie. El vagón se llenó rápidamente, y él miraba a los que estaban de pie en torno a él y le envidiaban el asiento. Entre esta gente había una madre y su hija, que iban de compras. La hija era una bella muchacha rubia cuya piel parecía muy suave, y el joven se sintió atraído por ella inmediatamente.

-Te está mirando -susurró la madre a la hija.

-Sí, madre, y me molesta mucho. ¿Qué hago?

-Está enamorado de ti.

-¿Enamorado de mí? ¿Cómo puedes saberlo?

-Pues porque soy tu madre.

-Pero ¿qué hago?

-Nada. Intentará hablar contigo. Si lo hace tienes que contestarle. Sé amable con él. No es más que un muchacho.

El tren llegó al barrio de las oficinas comerciales y mucha gente se bajó. La chica y su madre encontraron asiento enfrente del joven, que seguía mirando a la chica, la cual, de vez en cuando, le miraba para ver si la estaba mirando.

El joven cedió su sitio a un hombre mayor como pretexto para ponerse de pie. Se quedó de pie junto a la chica y su madre. En otra parada quedó libre el asiento que había junto al de la chica, y el joven se sonrojó, pero lo ocupó inmediatamente.

-Lo sabía -dijo la madre, entre dientes-, lo sabía. Lo sabía.

El joven carraspeó y tocó a la chica en el hombro, haciéndola sobresaltarse.

-Dispénseme -le dijo-, pero es usted una chica muy bonita.

-Gracias -dijo ella.

-No hables con él -dijo la madre-, no le contestes. Te lo advierto. Hazme caso.

-Estoy enamorado de usted -dijo él a la chica.

-No le creo -dijo la chica.

-No le contestes -dijo la madre.

-De verdad que sí -dijo él-; más aún: estoy tan enamorado de usted que quiero casarme con usted.

-¿Tiene usted empleo? -dijo ella.

-Sí, hoy es el primer día. Voy a Manhattan a empezar mi primer día de trabajo.

-¿Y qué clase de trabajo es el que va a hacer? -preguntó ella.

-No lo sé con exactitud -dijo él-, ya le dije que todavía no he empezado.

-Parece interesante -dijo ella.

-Es mi primer empleo, pero tendré mesa propia, y manejaré un montón de papeles y tendré que llevarlos por ahí en una cartera, y me pagarán bien, y ascenderé a fuerza de tra­bajo.

-Te amo -dijo ella.

-¿Te casarás conmigo?

-No lo sé. Tendrás que preguntárselo a mi madre.

El joven se levantó de su asiento y se situó de pie ante la madre de la chica. Esta vez carraspeó con gran cuidado.

-Tengo el honor de pedirle la mano de su hija -dijo, pero el ruido que hacía el vagón ahogó completamente su voz. La madre le miró y dijo:

-¿Cómo?

Él tampoco la podía oír, pero por el movimiento de sus labios y por su manera de arrugar el rostro comprendió lo que había dicho: cómo.

El metro llegó a una estación.

-¡Que tengo el honor de pedirle la mano de su hija! -gritó él, sin darse cuenta de que el metro ya no hacía ruido.

Todos los que estaban en el vagón se le quedaron mirando, sonrieron, y luego se pusieron a aplaudir.

-¿Esta usted loco? -preguntó la madre.

El tren volvió a ponerse en marcha.

-¿Cómo? -dijo él.

-¿Por qué quiere casarse con ella? -preguntó la madre.

-En primer lugar porque es bonita. Quiero decir que estoy enamorado de ella.

-¿Y nada más?

-Pues no -dijo él-, ¿es que tiene que haber algo más?

-No, de ordinario no -dijo la madre-. ¿Trabaja usted?

-Sí, y, por cierto, ésa es la razón de que vaya ahora a Manhattan tan temprano. Es que hoy es mi primer día de trabajo.

-Pues felicidades -dijo la madre.

-Gracias. ¿Puedo casarme con su hija?

-¿Tiene usted coche? -preguntó ella.

-Todavía no -dijo él-, pero probablemente tendré uno dentro de muy poco. Y también casa.

-¿Casa?

-Sí, con muchas habitaciones.

-Bueno, sí, ya me figuré que iba a decir eso -dijo ella. Se volvió a su hija-: ¿Lo quieres?

-Sí, madre, lo quiero.

-¿Por qué?

-Pues porque es bueno, y dulce, y amable.

-¿Estás segura’?

-Sí.

-Entonces es que lo quieres de verdad.

-Sí.

-¿Estás segura de que no hay ningún otro al que pudieras amar y con quien desearas casarte?

-No, madre -dijo la chica.

-Bueno, pues entonces -dijo la madre al joven- está visto que no puedo hacer nada. Pregúnteselo usted otra vez.

El metro se paró.

-Queridísima mía -dijo él-, ¿quieres casarte conmigo?

-Sí -dijo ella.

Todos los del vagón sonrieron y se pusieron a aplaudir.

-¿No es cierto que la vida es maravillosa? -preguntó el joven a la madre.

-Maravillosa -dijo la madre.

El revisor se bajó de entre los vagones al arrancar de nuevo el tren y, poniéndose bien la corbata oscura, se acercó a ellos con un solemne libro negro en la mano.

sábado, 12 de agosto de 2017

Poesía: Jaime Sabines


Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día. Te quiero con toda mi alma y con todo mi cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia. Pero a las dos de la tarde, o a las tres, cuando me pongo a pensar en nosotros dos, y tú piensas en la comida o en el trabajo diario, o en las diversiones que no tienes, me pongo a odiarte sordamente, con la mitad del odio que guardo para mí.

Luego vuelvo a quererte, cuando nos acostamos y siento que estás hecha para mí, que de algún modo me lo dicen tu rodilla y tu vientre, que mis manos me convencen de ello, y que no hay otro lugar en donde yo me venga, a donde yo vaya, mejor que tu cuerpo. Tú vienes toda entera a mi encuentro, y los dos desaparecemos un instante, nos metemos en la boca de Dios, hasta que yo te digo que tengo hambre o sueño.

Todos los días te quiero y te odio irremediablemente. Y hay días también, hay horas, en que no te conozco, en que me eres ajena como la mujer de otro. Me preocupan los hombres, me preocupo yo, me distraen mis penas. Es probable que no piense en ti durante mucho tiempo. Ya ves. ¿Quién podría quererte menos que yo, amor mío?

 

jueves, 10 de agosto de 2017

Frases: Ray Bradbury

Pensamos: no soy un tonto hoy. He aprendido mi lección. Fui un tonto ayer, pero no esta mañana. Entonces mañana descubrimos que, si, éramos un tonto hoy también. Creo que la única forma en que podemos crecer y progresar en este mundo es aceptando el hecho de que no somos perfectos y viviendo de manera acorde a esta verdad.

     

miércoles, 9 de agosto de 2017

Frases: Albert Einstein

La imaginación es más importante que el conocimiento. Ya que el conocimiento es limitado mientras que la imaginación abarca al mundo entero, estimulando el progreso, dando origen a la evolución.

domingo, 6 de agosto de 2017

Frases: Bernard Shaw

El hombre razonable se adapta al mundo; el hombre no razonable persiste en intentar adaptar el mundo a si mismo. Por tanto, todo progreso depende del hombre no razonable.

    

viernes, 4 de agosto de 2017

Frases: Carlos Ruiz Zafón

Cada libro, cada volumen que ves aquí, tiene un alma. El alma de la persona que lo escribió y de aquellos que lo leyeron, vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien baja sus ojos a las páginas, su espíritu crece y se fortalece.

       (Carlos Ruiz Zafón en “La sombra del viento”)